"Ema, la cautiva" y "El mago"

noviembre 3, 2006


No tenía ni idea de quién era César Aira hasta que Roberto Bolaño lo recomendó. Ahora Roberto Bolaño está muerto y ya no leerá más a César Aira que sí está vivo y escribe, el muy cabrón, a libro al año. Como yo también lo estoy, o eso parece, y el chileno siempre me cayó bien, seguí su consejo y con estupor he leído Ema, la cutiva y El mago.
Novelitas de pocas páginas, fácil lectura y trama sencilla, la primera cuenta la vida de una de tantas presas con que el gobierno argentino pretendió repoblar la salvaje frontera allá por el tiempo en que sus vecinos norteamericanos se ocupaban en actividades similares, desde su emparejamiento forzado con un soldado, pasando por su vida con los indios, hasta su dedicación a la crianza industrial de faisanes; la segunda, la asistencia de un mago con auténticos poderes, a un congreso de prestidigitadores e ilusionistas.
Simple, ¿no? Pues no, claro que no, y de ahí mi estupor, porque César Aira está loco; porque es el conductor suicida de las autopistas de la ficción; porque su obra es un desmadre y el último terrorismo literario de que tengo noticia.
Si se arriesgan olvídense de los clásicos comienzo, nudo y desenlace; no los hay o, si lo parecen, tengan por seguro que, en cualquier momento, saltarán por los aires y les dejarán con dos palmos de narices. Suspendan su capacidad de verosimilitud; sirve de bien poco cuando los indios hablan como Foucault o Lacan, y el Mago puede enviar a alguien, junto a su casa, al espacio profundo, mientras siente mil escrúpulos morales para hacer aparecer el programa del congreso que nadie se ha molestado en darle. Dispónganse a profusas descripciones de la cotidianidad. Nunca presupongan nada. Aténganse, en definitiva, a lo que sucede en cada párrafo: el resto no importa.

“Todo era posible, a condición de que uno no se preguntara a priori qué era. Podía ser cualquier cosa. La vida, simplemente. Ocurría siempre, se hacía realidad siempre, y no era necesario romperse el cerebro pensando el “argumento”…” (El Mago) Si incumplen cualquiera de estas recomendaciones odiarán a a César Aira. Si las aceptan disfrutarán de una experiencia embriagadora.
Yo, por mi parte, les confieso, aun después de escribir esta reseña, que no sé a qué grupo pertenezco. Pero la facilidad con que distorsiona ficción y realidad me ha parecido tan admirable, tan estimulante (esos indios imposibles como príncipes persas, ese Mago con problemas para discernir entre invención y percepción), que le daré alguna oportunidad más, cuando esto es precisamente lo que busco para el libro que nunca escribiré.

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