Koba el temible

Hay libros que nos enfrentan a nuestros fantasmas y tras su lectura, si aún queda un resto de sinceridad en nosotros, no podemos volver a ser los mismos. Sin piedad, en Koba el temible, Martin Amis analiza el silencio y la tolerancia de generaciones de intelectuales europeos hacia el stalinismo, el comunismo soviético y en general hacia cualquier tipo de socialismo dictatorial. Las miserias de personajes como Lenin, Trotski y sobre todo Koba, el primer apodo infantil de quien nunca creció y humilló durante décadas a su propio pueblo como el niño tortura al insecto, Iosif Stalin, el monstruo, uno de los mayores asesinos de la historia con permiso de Hitler y Mao, toda esa ignominia no tiene réplica ni disculpa, es un escupitajo a la cara y desde ahora, si alguna vez antes yo mismo disculpé aquella farsa, prometo que jamás sucederá de nuevo, porque mi asco ha arrasado largos sembrados de la poca inocencia que en mí quedaba.Ahora, con el autor, y en atención al subtítulo del libro, La risa y los veinte millones, un par de preguntas me torturan, y la respuesta no es fácil. ¿Por qué no hay risas ni bromas cuando hablamos del nazismo y el holocausto, pero sí las hay, aun reducidas a la mínima expresión de una sonrisa benévola, cuando nos referimos a la Revolución Rusa y sus consecuencias? ¿Por qué todos conocemos Auschwitz o Treblinka, pero muy pocos han oído hablar de Vorkutá o Solovetski? Háganse estas preguntas. Más de veinte millones de muertos nunca tendrán oportunidad de hacerlo.

Y lean el libro. No es un concienzudo y erudito estudio. Es solo la obra -en ocasiones memorialística y ligera (nunca superficial)- de un novelista que se dio muy pronto cuenta de la verdad y leyó pilas de otros libros que le hicieron entrever el horror hasta donde un ser humano que no ha vivido esa locura puede comprender.

[…]mis ojos contemplaron una escena que ni Goya ni Gustavo Doré habrían podido imaginar. En aquella inmensa, profunda y tenebrosa bodega había más de dos mil mujeres apelotonadas. Estaban metidas en jaulas abiertas de tres metros de lado, a razón de cinco por jaula, y las jaulas llegaban hasta el techo, como en una gigantesca instalación avícola. En el suelo había más mujeres. A causa del calor y la humedad, casi todas vestían harapos y algunas estaban completamente desnudas. Como no había donde lavarse y el calor era incesante, tenían la piel cubierta de manchas rojas, granos y ampollas de feo aspecto. Casi todas tenían alguna enfermedad cutánea, además de trastornos intestinales y disentería.
Al pie de la escalera […] había un tonel gigantesco, en cuyos bordes, a la vista de los soldados que estaban de guardia en la parte superior, se acuclillaban las mujeres como si fueran pájaros, adoptando las posturas más increíbles. No les daba vergüenza ni reparo agacharse allí para orinar y hacer aguas mayores. Daba la sensación se que pertenecían a otro mundo y otro era.

(Descripción de un barco de esclavos camino del Gulag)

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