Oscurantismo y aporofobia

junio 24, 2007

Dos fragmentos de una entrevista a la filósofa Adela Cortina Orts que me han llamado profundamente la atención. El primero hace referencia al sentimiento, que comparto, sobre la profunda pobreza intelectual en la que ha caído nuestra sociedad, y yo con ella. El segundo, ofrece un término más adecuado para referirnos a la xenofobia, porque la precisión lingüística, y más en estos tiempos, se hace tan necesaria.

Hay quien habla del oscurantismo de la Edad Media, pero el oscurantismo actual es tremendo. Estamos en una sociedad absolutamente conformada con lo que hay, negada para las utopías e incluso para los grandes proyectos. Los ciudadanos nos hemos conformado con una sociedad en la que podemos consumir, tener una vida de cierta calidad, y eso de transformar el mundo, que lleva mucho sacrificio, lo dejamos para otros.

¿Racismo?, según con quién. Vienen alemanes, vienen británicos y, desde luego, nadie les pone ninguna traba. Hay quien dice: lo que pasa es que odiamos lo diferente. Pues tampoco. Depende de qué diferencia sea. Al diferente por arriba no se le odia, se odia al diferente por abajo. Se odia al pobre. Haya una palabra griega, aporos, que significa “el que no tiene nada que ofrecer a cambio”. Yo digo que más que racismo o xenofobia lo que se extiende en nuestra sociedad es la aporofobia, el “odio a quien no tiene nada”.


Nessun dorma

marzo 25, 2007

Carecen los niños de memoria a largo plazo y nadie recuerda sus primeros años de vida.

Pareciera que la conciencia nace de la memoria y solo en el recuerdo del pasado y en el presentimiento del futuro estamos vivos.

En ausencia de narración no somos sino bosquejos de un personaje que es cualquiera y no es ninguno.


Des (a ) lumbramientos

marzo 21, 2007

Digamos, simplificando mucho, que en física de sistemas complejos un atractor es el mecanismo por el que podemos encontrar orden en el caos y no cualquier cosa imprevisible.

Después de mi pequeña decepción de ayer -aunque parece que no todo está perdido: este año la preselección va más lenta que de costumbre- y como en mí la depresión es algo que no tiene consistencia plena, he encontrado nuevos ánimos -subidón de adrenalina- mientras leía en la asignatura de Teorías de adquisición de lenguas extranjeras sobre la corriente innatista que inició, por contraposición al conductismo, Noam Chomsky en los años 50.

El innatismo dice que no aprendemos nuestra lengua materna por medio del hábito (estímulo-respuesta-refuerzo), como si fuésemos cobayas, sino que disponemos de un mecanismo “innato” o DAL (Dispositivo de Adquisición del Lenguaje) que transforma todo input (lo que recibimos como estímulo externo, en este caso en forma lingüística) en un sistema gramatical coherente tanto con la Gramática Universal como con la Particular. Somos como un ordenador al que se le pudiese instalar cualquier sistema operativo siempre que este hubiese sido programado conforme a la arquitectura de la máquina.

En alguno de los pasos de esta teoría mi alarma ha vuelto a saltar. No sé si saben que en mi cabeza hay una alarma que se dispara cargada de excitación cuando encuentro lo que creo que son piezas de un puzle que encaja con algo que subconscientemente sé -porque lo reconozco- pero que no entiendo. Funcionan como dejà vus y en general me muestro demasiado perezoso para perseguirlos.

El caso es que mi mente ha realizado de nuevo la extraña conexión entre los atractores en física y ciertos hechos de la lingüística. La última vez que lo hizo fue al acercarme al estudio de la pragmática en una asignatura anterior del máster del universo, y la conexión en ambos casos, sin una investigación ulterior que, como la novela que nunca escribiré, no voy a desarrollar, se reduce a que ciertos fenómenos -las lenguas o las relaciones sociales- y otros epifenómenos asociados a ellos funcionarían como atractores para nuestro cerebro, de manera que podría explicarse por qué el ser humano es capaz de abordar estos sistemas realmente complejos, tanto que la ciencia es incapaz de dar cuenta de ellos en detalle, con increíble facilidad.

Se trata, al fin y al cabo, del viejo dilema de por qué comprendemos tantas cosas cuando podemos explicar tan pocas


Silogismos

febrero 8, 2007

Me fascina la gente que interpreta el mundo y a sus congéneres mediante silogismos. Y dentro de esta peculiar tribu me matan quienes básicamente hacen girar su limitado razonamiento en torno al silogismo “si no A, entonces B”, si no eres esto eres lo otro: si no eres de izquierdas, eres de derechas; si no eres independentista eres españolista; si no estás conmigo estás contra mí. Tu pertenencia a cualquiera de estos dos subconjuntos debe ser total y acrítica, porque cualquier disidencia se interpreta inmediatamente como una amenaza.

¿Una amenaza a qué? A su voluntad de imposición, a su incapacidad para navegar el caos de la vida, a su temor a perder pie y quedar indefensos, como el niño abandonado.

Todos hemos pertenecido o perteneceremos en alguna ocasión a esta tribu. El peligro radica en acostumbrarse a su terrible comodidad.


Libertades y libertinajes

febrero 7, 2007

La libertad es la libertad de elección y su ejercicio corresponde al individuo. La otra libertad, esa por la que luchan ideologías y tribus, no es más que una subespecie falaz de cooperación: libertad de imposición.


Monologema

febrero 5, 2007

Monologema: 1. m. Prag. Unidad mínima de la comunicación cuya capacidad para articularse en un sistema dialógico depende de la intención o capacidad cooperativa del alocutor.


El onanismo de la impotencia

febrero 4, 2007

Flannery O’Connor, esa maravillosa escritora del sur, tiene un cuento excelente en el que el protagonista intenta defender, ante las inminentes elecciones locales, su postura política frente a su barbero y algunos de los parroquianos, partidarios acérrimos de la discriminación de los negros, que ya lo han ridiculizado en un par de ocasiones. Prepara una argumentación convincente, aguarda el momento adecuado para contraatacar durante la visita semanal a la barbería y cuando al fin lo encuentra, apenas logra balbucear todas esas palabras que antes le habían parecido tan razonables y ahora descarrilaban entre la seguridad aplastante, el escepticismo y la condescendencia de su pequeña audiencia, de la que acaba huyendo enfurecido. Un amigo ya le había advertido: “Yo nunca discuto”.

Hoy me siento así, como me ocurre tantas veces, y me vienen a la memoria las palabras del personaje de Flanney O’Connor. Entonces me pregunto: ¿vale la pena el diálogo, la discusión, cuando nadie nunca escucha, cuando ya cuanto digas ha sido prejuzgado, cuando la sordera de tu interlocutor se erige como una valla tras la que proteger la seguridad de su visión del mundo, irreductible, unívoca, suficiente? ¿Vale la pena todo el silencio que nos devora?

Mi respuesta es que no. Nací para amar la voz de los hombres antes que la música, y nada me place más que equivocarme, escuchar y aprender para equivocarme de mil nuevas, extraordinarias y sutiles maneras. A ese caos en el que los razonamientos se entretejen infinitamente lo llamo el juego que me da la vidα. Su representación podría ser la del océano. Opuesto está el juego de la muerte, el monólogo sin tregua, el dogma que no se sorprende ante su miseria de anuncio luminoso, orgiásticamente pleno. Su imagen la de una isla de Pascua cuyos Moais están vueltos de espaldas al mar.

¿Aprenderemos a escuchar o entonaremos al unísono con el personaje de Flannery O’Connor un eterno “yo no discuto”?

Supongo que dependerá de nuestras fuerzas.